
Hace algunos años… salí todo presuroso de mi casa, tomé el microbús (una combi) y recé para llegar a tiempo al examen, en la Universidad. Unas cuadras más adelante, subió una mujer acompañada con su pequeño hijo, el cual iba ataviado con todo el arsenal necesario para afrontar el colegio (si, también esas mochilas enormes); hasta ahí todo normal. Luego, rápidamente el niño sacó un pan con huevo (es decir, un pan cuyo relleno era un huevo duro –en pedazos, obviamente-) y empezó a devorarlo.
Todo aquel que se haya movilizado en una combi, sabe que debido a las reducidas dimensiones del vehículo, las cosas se perciben más fácilmente. El olor de huevo duro (hervido) inundó todo, y se me presentaron unas terribles náuseas, que a duras penas pude reprimir.
Cuenta mi hermano, que alguna vez se subió a un ómnibus interprovincial, buscó un asiento libre (en la parte delantera del carro) y tomó posesión. Calmado, relajado, esperando que se de inicio al viaje, de repente percibió el característico olor del pollo a la brasa. Recién en ese instante se percató que la persona a su lado, estaba en plena faena alimenticia (por supuesto a mano limpia, obviando los cubiertos); durante unos minutos trató de soportar (y acostumbrarse al olor), luego se dio cuenta que era un mal inicio para un viaje de casi 8 horas el tener amagos de náuseas, por lo que prontamente abrió la ventana, y sintióse aliviado cuando la brisa fríale dio en la cara. Quedó en shock, cuando amablemente el señor le pedía que a causa del frío, cerrase la ventana.
Frente a mi universidad existen un par de carritos hamburgueseros (o sea, de hamburguesas). Sumamente concurridos por los cachimbos (léase novatos), quienes pagan gustosos los 3 o 4 soles, para recibir a cambio una gran sándwich, empapado (literalmente) en cremas (mayonesa, tártara, etc). Definitivamente la práctica no es saludable, pero en aquellas épocas donde sientes que todo lo puede, poner a prueba tu organismo es nada. Reconozco, sin embargo, que a veces vuelvo a probar una “tío bigote” (que es cómo se les suele llamar, puesto que el vendedor –y su carrito- son conocidos por ese apelativo); una afición culposa.
Al lado del puesto (del “tío bigote”) hay un paradero de combis (bueno, es un paradero prohibido, pero mientras no hayan policías o serenos, todo estará bien); lo increíble del asunto es que, en numerosas oportunidades, he tenido que sufrir a estos glotones comensales, quienes prefieren deglutir su sándwich dentro de la combi.
Yendo al trabajo, nuevamente en una combi (si, supongo que en alguna medida soy masoquista); la señora que acaba de ocupar el asiento trasero da inició a su ritual de retoques, saca sus polvos, cosméticos, espejos, y demás accesorios femeninos. El problema es cuando se vierte encima medio galón del perfume (en realidad colonia) más barato que puedan haber olido alguna vez. Es necesaria la apertura de la ventana; menos mal nadie disiente, a pesar del invierno (parece que todos hemos arribado a un consenso, un poco de frío a cambio de aliviar nuestras narices).
El respeto que exigimos parte con el respeto que brindamos; constantemente exigimos que la gente sea más considerada, que no sea tan individual (pues vivimos en sociedad). Pensemos un poco antes de subir a un lugar lleno de gente, con comestibles de fuerte olor, respetemos un poco, tengamos un poco de consideración.
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Enero 29th, 2008 at 7:32 am
Los olores en lugares cerrados, como en combis, son realmente insufribles. Leer este post me ha dado naúseas, ps mientras leía imaginaba ese olor a huevo o a pollo a la brasa … ishhhhh
Pobres de los que aún nos tenemos que desplazar en este tipo de transporte ….
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